Tengo una posición.
Inevitable.
Como el hecho de que cada instante es distinto del que ya pasó.
En ella tengo una organización de diferentes "cosas".
Sentimientos.
Patrones de percepción y de conducta.
Pensamientos.
Hábitos heredados y no heredados, inventados e impuestos.
Marcos. Heredados y no heredados también.
Ideas y actitudes.
Maneras intelectuales y psicológicas de procesar los contextos que me van acompañando.
Heridas.
Estar parada en algún lugar en esta tierra me hace generar esto y más. Porque estoy en un espacio, soy – en - relación con los otros, que también luchan por establecerse en este mismo espacio, donde la fuerza de gravedad me va puliendo con su no - se - qué.
Un lugar. Un punto de vista. Una manera de hechar raíces y abrirnos al afuera. Un eje que me hace posible la vida en este mundo, pero también me corta las alas antes de imaginarme en la cima de una montaña, a punto de saltar (porque se que voy a poder volar y así atravesar la consecuencia de la caída libre con un impulso que no es coherente a mi antigua fuerza de gravedad).
La inevitable necesidad de un orden para vivir y fluir en mi mundo visible, práctico y racional, en el micromundo de mis ocurrencias cotidianas, me impide ir más allá del umbral. Me separa de ese espacio en donde la separación no tiene sentido alguno (porque hay otras categorías, otras formas de percepción, otras dimensiones…).
Mi personalidad - mi ego - mi forma de ser aprehendida y adquirida - no me dejan comprender el misterio. No me dejan penetrar en la verdad profunda, caótica y serena del mundo divino. No me dejan. No me dejan. No - me - dejan. Nomedejan.
De nuevo, la solución a esto es el amor. No se cómo llego a esta palabra. Solo me imagino que es así.
-espero que así sea-
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