El. Estaba - ‘enamorado’ – de – la - imagen – que – él – había – construído – de – lo – que – para – él – era – una – mujer. Y durante cierto tiempo, ella, las circunstancias, la vida… en fin, todo este conjunto, hicieron coincidir la forma – rasgos – características de ella, con esa imagen. No había intenciones que concientemente manejaran ni controlaran nada. Ninguna conciencia. Simplemente como una fuerza invisible, un impersonal; eso que maneja los hilos dispuestos detrás de las cosas que efectivamente pasan: cosas de la vida cotidiana, del discurrir de las decisiones, acciones, movimientos y todo lo que sujetos en – relación, dentro de un mundo, suponen. No había juicios ni intenciones. Todo se desplegaba en otro plano. Todo dispuesto para ser como fue.
Después de un tiempo prudente, como si ese Impersonal supiera el momento justo para hacer que todo explote y que todo cambie, algo pasa. Algo pasó. Y ese cambio de ritmo se percibió. En uno y en otro. Con diferentes formas, estilos y colores. Casi imperceptible. Pero fulminante. Todavía no había fuego. Pero ya todo había explotado.
Ella sentía una distancia. Algo de fatalidad. Sin retorno. Cada vez más lejos. Y los niveles, en los que cada uno estaba, tenían cada vez menos puntos de contacto entre ellos. Después, ni siquiera había puntos de fuga (algún instante extraordinario que permitiera olvidar el profundo silencio entre ambos). Esos momentos de descanso ya no estaban. Hasta había ella dejado de hablar. De ponerse celosa. De enojarse. De dar besos. Sus abrazos eran tristes, allá lejos. Para cumplir. Como si ella, a esas alturas, ya se hubiera rendido. Se hubiera dado cuenta de que ya no valía la pena seguir luchando. De que ya no había puentes (un territorio común, gestos palabras… un hogar) entre los dos. Ya no existía ninguna forma de acceder a él. Ni él a ella. Y todo eso sin ser la culpa de nadie. Acá no había juicios, ni valoraciones, ni estética alguna. Era algo más sencillo. Más primitivo. Más real. La otra dimensión.
Ella se protegía. Era lo único que buscaba. Y empezaba a ver esa verdad que la invadía desde todos los ángulos. Ella empezó a ver todas estas cosas. Y no pudo hacer otra cosa más que huir. Dar un gran paso. Decidir y después huir. Para que la muerte no la alcance.
Y él. El parecía no darse cuenta de todo esto. O sí. Todavía no sabía que lo que él ‘amaba’ era una imagen. Su propia imagen de lo que para él significaba una mujer. Su construcción. O tal vez lo sabía y no lo sabía. Y empezó a notar que la ‘mujer’ que tenía al lado era y hacía cosas que él no podía entender. Y que le molestaban. Mucho. Y empezó a juzgar. Y así fue cortando los pocos puentes que quedaban. Esos puntos de fuga, de descanso, desaparecieron. Ya no había manera de conocer realmente a quién él tenía al lado. Estaba muerto de miedo también, supongo. Lo que a él no le gustaba, estaba ‘mal’. Y le molestaba. Entonces ella era ‘loca’, ‘mala’, egoísta’. Y él no podía salir de esa estructura. Ni del campo de – lo – bueno – y – lo – malo que él se había construído.
Lo que tiene que ser, va a ser. Lo que está escrito, se cumple. Hay cosas que están dispuestas por esa fuerza invisible. Y la misma vida se encarga de que todo siga el curso marcado.
Cada persona tiene su ritmo. Su tiempo. Su orden. Su silencio. Sus propias melodías, tensiones y relajos. Ni – mejor – ni – peor. Solo querer estar dispuesto a aceptar el desafío. Que es inmenso dolor. Enorme alegría. Pero si los puentes están destruidos, este intento de comprender sin juzgar se vuelve una tortura. Un sin sentido completo.
Y los puentes entre ellos dos estaban muertos. Destrozados. Hechos pedazos. Ya las palabras no tenían su maravilloso don. Y los cuerpos no hablaban el mismo lenguaje. No había puentes. Todo muerto entonces.
El se quedó en su estructura. Pasó un tiempo. El pudo entender algunas cosas. Aunque no se si llegar a sentir brutalmente algo. Le agradeció a ella el ‘gesto’. La – imagen – de – mujer – perfecta, aunque un poco consiente ahora, seguía operando en él a la perfección. Esto lo hacía sentir muy tranquilo. Y a uno lo tranquiliza eso que le resulta familiar.
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