Salí de mi casa, después de muchos días. Después de un millón de años y algunos horas. Después de escasos indescriptibles segundos, en los que ni una gota de luz atravesó mi espacio cotidiano. Y como no había luz, poco tenía de vitalidad este espacio en el que me reposé tanto tiempo.
Entonces salí. De una manera diferente. Nueva. Me disfracé de gorila. Era un disfraz que me había comprado alguna vez en no me acuerdo dónde. Y esto fue porque, mientras comía una banana de desayuno sola en la cocina, se me vino la idea de mono a la cabeza. Entonces lo asocié con mi disfraz. Lo tenía en el fondo de un ropero viejo y bastante venido a menos.
Entonces me vestí de gorila y salí. Por suerte no hacía calor. Había mucha luz afuera. Todo parecía más brillante que lo que yo me imaginaba. Supongo que era el efecto de haber estado encerrada tanto tiempo. Oscura y sin ventilación.
Y en la plaza cerca de mi casa había un señor gordo panzón durmiendo en un banco, sentado. Y me senté al lado. Hacía días o meses que no se bañaba. De tan solo echarle un vistazo podía percibir (con esa extraña certeza que a veces me brota) que este señor había tomado muy malas decisiones en su vida. O, peor, que no había sido capaz de tomar desición alguna. Y ahí estaba. Solo y sucio.
En eso me di cuenta de que el sol no me estaba acariciando, a pesar de que yo presentía que estaba cariñoso (el sol). Y era porque tenía todo el ropaje peludo encima. Y también me di cuenta de que ya no me estaba divirtiendo más con ese disfraz. Entonces volví a casa, me puse un pantalón y una remera. De repente todo estaba tan patéticamente oscuro. Y me deprimió. Así que abrí las ventanas y persianas para ventilar. Para que entre de una buena vez todo ese aire rico que perfumaba ese exterior, que parecía tan inalcanzable y ahora estaba tan cerca. Afuera rebalsaba de luz. Y me senté. Me dispuse estratégicamente en el balcón, de manera tal que los rayos del sol me acariciaran la cara y los brazos. Cómo me hacían falta las caricias. Así me quedé. Sola y profundamente acompañada. Sin hacer absolutamente nada. Asi que este relato termina acá, porque no tengo nada intersante para contar y me estoy poniendo un poco nostálgica.
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