sábado, 26 de junio de 2010

Un juego en el espejo

Soy el elemento que desordena. Soy el elemento desordenado. Por eso no me quieren en ningún lado.

“Ojos. Nariz. Boca” … Silencio. Un espejo. Una imagen en el espejo. Mi imagen en el espejo. Mi cara. Mis rasgos. Mis ojos, mi nariz y mi boca.

“Ojos. Nariz. Boca”… Seguía el silencio. Y mi mirada clavada en el espejo. Cuando pronunciaba la palabra ‘ojos’, miraba mis ojos. Sus movimientos. Los movimientos de mis ojos. Mis movimientos. Lo mismo con la nariz. Y con la boca. Una mirada fulminante. Una mirada que no tenía nada que perder. Yo no tenía nada que perder. Completa y absolutamente sola, con mi imagen en el espejo. Una imagen que no se transformaba. El tiempo pasaba. La mirada era sostenida y firme. Y mi rostro seguía siendo el mismo.

Esa mirada tan audaz. No tenía miedo. Por eso se mantenía fija y penetrante en el espejo. Como esperando la revelación. A la revelación de lo que hay detrás. Detrás del espejo. Pero nada cambió. Nada se me reveló. Aunque todo iba cobrando sutilmente otra dimensión.

Los párpados estaban hinchados. Los movía un poco. “Ojos”, decía mi voz. Pasaba a la nariz. Inflaba y desinflaba los agujeros. “Nariz”. Después, círculos con la boca, de un lado a otro. “Boca”.

Ridículo. Aburrido. Sin sentido. Gracioso. El universo lúdico. Todo era un juego. El miedo no existía. Y de nuevo el ciclo.

Algunas gotas salían de esos ojos lastimados. Querían jugar también. Pero esas gotas no tenían tiempo. Su corta existencia no se los permitía. Salían del ojo, apenas un puñado de segundos, rodaban por la cara, bordeando la nariz, después por un costado de la boca… y terminaban. Se caían al suelo y se deshacían. Fin para esas lágrimas. Y seguían tristes. No habían podido jugar. Se quedaron sin jugar. Estaban muertas, despedazadas en el piso. Tristes, por su deseo insatisfecho.

Mientras tanto, las cejas se movían. Las pupilas iban de un lado a otro siguiendo alguna trayectoria. Los agujeros de la nariz de nuevo se achicaban y se agrandaban, y la boca los seguía haciendo círculos. Y otra lágrima salía. Efímero segundo hasta el suelo. Y se muere otra lágrima. Muerta y también triste, porque se quedó sin jugar.

Me cansé de todo ese absurdo del espejo y me fui a dormir.

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